Impuesto al carbono en dos frentes

La necesidad de aumentar la ambición climática del país (dado que Chile tiene uno de los compromisos nacionales más laxos del Acuerdo de París) tiene tres respuestas significativas de la autoridad en la reforma tributaria, en el acápite de impuestos verdes: (a) se expande el universo de fuentes fijas afectas al gravamen (a todas aquellas que excedan las 25 mil tCO2 de emisiones anuales); (b) se incentivan mitigaciones efectivas de CO2 al permitir que proyectos chilenos que generen reducciones certificadas puedan transarse y utilizarse contra el pago del impuesto al carbono; y (c) se propone elevar la cuantía del tributo a 10 USD/tCO2 e incluso algunos inclusos proponen definir inmediatamente la trayectoria de aumento en el tiempo para igualar, posiblemente a 2030, el valor del precio social del carbono, que es de 32 USD/tCO2.   

Obviamente los sectores “afectados” se han movilizado fuertemente contra la primera y tercera componentes, viendo incluso con alivio el posible rechazo a la idea de legislar la reforma tributaria. Pero el devenir legislativo no debe ser excusa para sacar adelante la modificación que permite el uso de offsets como contrapartida al impuesto al carbono, tanto porque genera un incentivo a la industria verde de reducción de emisiones del país, como porque materializa mitigaciones concretas que el impuesto no puede asegurar, y porque forma parte de la transición recomendada por un amplio consenso de especialistas respecto a la implementación definitiva de un sistema de transacción de emisiones, similar al de la Unión Europea, California, Japón, Corea o China.

Dado lo anterior, si la discusión de la reforma tributaria se entrampa, sería recomendable mover ese acápite del impuesto verde a la propuesta de la ley de cambio climático que el MMA promoverá en el segundo semestre de este año, donde el ánimo pre-COP25 asegura un apoyo transversal y diligente.

LA NUEVA BATALLA DEL PLÁSTICO

La industria del plástico busca reposicionarse después del “tsunami comunicacional” que a nivel mundial se ha impuesto para demonizarla.

Un interesante estudio del gobierno danés, basado en la metodología LCA (análisis de ciclo de vida), comparó los impactos ambientales de distintas bolsas de supermercado (se puede descargar) y concluyó que un consumidor tendría que utilizar una bolsa de algodón 7.000 veces (o 20.000 si se trata de algodón orgánico) para igualar el impacto ambiental de las bolsas de único uso.

Este sorpresivo resultado permite constatar que en Dinamarca no se consideró el impacto sobre ecosistemas marinos, ribereños o lacustres, porque ahí las bolsas o se incineran, o van a rellenos sanitarios o se reciclan, pero no es el caso de los países en desarrollo, donde se estima que no menos del 40% de las bolsas terminan en el mar o fuentes de agua. Este es el tema central: más allá de la demonización del material, lo que ha estado ausente es la responsabilidad de la población en explicar por qué el 90% de la biomasa marina está contaminada por plástico.

En esa línea, resulta positiva la creación del Pacto por los Plásticos, que une la gestión del MMA, la coordinación de Fundación Chile, y varias empresas que se comprometen a cuatro metras concretas: eliminar los envases de plástico de un solo uso a través del rediseño y la innovación; asegurarse de que sus envases sean reutilizables, reciclables o compostables; aumentar la reutilización, recolección y reciclaje de envases de plástico postconsumo; y aumentar el contenido de material reciclado en envases de plástico.

Esta iniciativa es complementaria a la ley REP y permite elevar la ambición de las principales empresas relacionadas con este tema, tal como lo demuestra la experiencia de un Pacto similar en Gran Bretaña, que hoy tiene como metas que al 2025 el 100% de los envases sean reutilizables, reciclables o compostables; que el 70% sea efectivamente reciclado o compostado, eliminar totalmente los plásticos de un solo uso, y que se utilice en los envases un 30% de material reciclado.



Categories: Medio Ambiente


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